jueves, 13 de octubre de 2011

Una fantasía que quiso ser real




Sólo con pensar en una comida –otra comida-rejuvenezco. ¡Una comida! Significa algo para seguir adelante: unas horas de trabajo intenso, posiblemente: una erección.
Hace 5 años que me dedico a cocinar para gente con poco tiempo o pocas ganas de entrar a la cocina y este negocio me ha dado muchas satisfacciones especialmente la de tener un sustento que no implica tener que soportar un jefe; acomodo los tiempos y los días de trabajo para poder sentir que tengo vida pero cumpliendo siempre con los pedidos. Pero incluso cuando uno hace lo que ama la rutina puede colarse como un veneno que desgasta nuestra voluntad y nuestra vitalidad y la pasión empieza a desvanecerse. Repetir habitualmente los mismos platos ha logrado que algo que siempre me apasionó comenzara a transformarse en solo una responsabilidad.
Pero hoy estoy pensando en otra comida, una que no significa trabajo, una que significa agasajo, y en mi paladar y mi lengua empiezan a despertarse otros sabores, se mezclan tonos ácidos y agrios con dulces y salados, hoy voy a cocinarle a ella. Mi mente se despabila pensando en sus gustos, se me amontonan en la cabeza ideas de ingredientes y procedimientos y todos terminan en un producto único y delicioso su cuerpo en mis manos los jugos de su satisfacción en mi boca.
Hace unos años que nos conocimos y siempre nuestros encuentros han estado marcados por las coincidencias del destino, las que la traen a mí o me llevan a ella. Cuando estamos juntos en casa ella disfruta viéndome hacer, moviéndome en un mundo que me pertenece y es solo una invitada, yo cocino para ella mientras la escucho contarme como estuvo su semana; como la estresaron las ultimas pruebas de vestuario de ese grupo de teatro con el cual empezó a trabajar hace poco, y me cuenta sobre la película que fue a ver con sus amigas, y como le hubiese gustado verla conmigo, me cuenta como se peleo con su compañera de apartamento, como odia llegar a su casa y que el novio de la mina esté instalado en su sillón. Me río de ella y le digo que si de una vez por todas se decidiera a venirse conmigo nada de eso le pasaría y se queda mirándome muy seria sin decir nada y yo sé en lo que esta pensando, se perfectamente cuánto le cuesta creer en mi amor, se que decidió no creerme más, que mis idas y venidas, mis quilombos, mis ausencias, la cansan, le generan dudas y se que no dará el paso definitivo hasta que yo no le demuestre que no llorará más, que no invertirá tiempo y amor en vano en algo que hace tiempo decidió creer que es solo una fantasía, la fantasía de haber encontrado por fin a el único que cree que puede de verdad complementarla.
Cuando llevo el plato frente a ella, es cuando comienza mi satisfacción, cuando acerco ese primer bocado a su boca entreabierta y acepta mi ofrenda con los ojos cerrados para saborearla, yo siento que me saborea a mi que me devora hambrienta y cuando delicadamente abre los ojos para mirarme con profundidad, se con certeza que esa entrega mía la seduce, la excita, despierta su deseo. Verla así complacida, sorprendida, con todos los deseos alineados hacia su sexualidad me vuelve loco.
-¿Cómo haces para cocinar cada vez más rico?- pregunta relamiéndose
-Ja ja – le digo- desde que vos sos mi musa la cocina para mi se ha vuelto un arte.
Y me mira, durante toda la cena me mira y su mirada me derrite, esos ojos negros entre tímidos y perversos combinados con esa risa espontánea y amplia, me regalan una carita de niña que hacen que el mundo entero, que la rutina y el cansancio desaparezcan. Y si, quisiera retener esos momentos, deseo con toda el alma que sea mía siempre, que no se vaya más que esa magia que se desprende de su pelo negro quede impregnada para siempre en mis paredes en mi piel pero tengo miedo, más que miedo es terror lo que siento, porque igual que ella siento que esto que vivimos es una fantasía hecha realidad y me paraliza la idea de que se evapore. De que la maldita rutina tienda sus redes también entre nosotros.
La cena se va transformando en un rito casi como una danza en la que le doy a probar helado con mis dedos y ella lo lame ansiosa y me devuelve el gesto restregando sus dedos embadurnados por mi boca y yo se los muerdo y me hace un puchero que dura los dos minutos que tarda en responder mordiéndome la nariz, yo aprovecho que esta cerca y de un solo tirón le desprendo la blusa para que sus tetas redonditas reboten cerca de pecho. Mi niña sigue jugando haciéndose la sorprendida y de un solo impulso se levanta de la silla, adivino su intención cuando toma el pote de helado y sostengo su mano para que no me lo tire encima mientras con la otra mano la acerco abrazándola fuerte. Su cuerpo se ablanda en mis brazos  mientras la palma de mi mano se pasea desde la base de su nuca y baja entrando por su pantalón acariciando el nacimiento de su firme trasero. Su aliento se agita y se esfuerza por desprender mi camisa estremeciéndose al sentir los suaves pelitos de mi pecho rozar la tela sobre sus pezones. Amo su piel suave y el dulce aroma de su cuerpo, la mezcla exquisita de champú, perfume y deseo, me hace agua la boca y despiertan mis ganas como una vibración intensa que  me recorre  el cuerpo y se intensifica en mi miembro que empieza a sentirse apretado adentro del pantalón. Las caricias empiezan a hervirnos la piel y los besos se convierten en lamidas que nos recorren.
Lo único que descansa sobre la mesa ahora es ella, mi deleite, y saboreo los jugos de su pasión, mi lengua recorre su vagina húmeda y caliente mis dedos se pierden allí arrancándole gemidos profundos y contenidos; se que no quiere entregarse del todo que hay algo que la frena, que no quiere darme el gusto de completo, se rehúsa a convencerse de que conmigo tiene orgasmos únicos y yo lo sé, la he visto desvanecerse en mi boca casi al límite de la inconsciencia, la he escuchado gritar de placer mientras la penetro. Pero ahora lucha contra su propio placer porque algo de mi la molesta,  provocando que me esfuerce más.
Este encuentro se ha transformado en una guerra en la que yo me desvivo para que goce explotando como una perra y ella no quiere darme la satisfacción pero la siento gozar en silencio como castigándome y su frialdad no me saca las ganas, porque la conozco y se como lo disfruta porque puedo percibir los temblores de sus orgasmos y este desafío que me impuso me explotó la cabeza.
-¿No querés gemir? ¿No querés gritar puta?- pienso todo el tiempo mientras siento como mi verga crece más y más -¡te voy a coger hasta que grites!- la idea me taladra el cerebro y me pongo cada vez más duro.
Con su cola hermosa y redonda cola sostenida por mis manos mientras ella está de rodillas y de espaldas, la cojo fuerte y profundo, ella se toca y lo disfruta mucho pero no grita, no libera a la puta de la que me enamoré. De repente su cuerpo se estremece y su conchita me succiona arrancándome un agónico gemido cuando mi pija explota de manera arrasadora y siento como si me desprendiera del cuerpo mientras ella acaba temblando y agitada; veo como por sus muslos chorrean mares de sus jugos, producto de un orgasmo memorable.
Se desploma en la cama en un llanto desquiciado, me recuesto a su lado y retirando de su cara los cabellos adheridos debido al sudor y a las lágrimas le pregunto:
-¿Qué te pasa?
- Cada vez que estamos juntos siento que me enamoro más de vos. Estoy cansada de sentir que lo nuestro no es real, me duele quererte.No quiero verte más, quiero que esta fantasía se vuelva algo real o termine acá.
Mi cuerpo se congelo de golpe, se me secó la boca, no podía tragar y no sabía que decirle; mi niña se cansó de jugar, quiere una relación verdadera, una que no sé si puedo darle. Me limito a mirarla como un estúpido mientras llora, con las mejillas rojas, todavía excitada, todavía agitada, nunca la había visto tan hermosa, entre triste y furiosa; ella no entiende por qué no digo nada.
Se levanta, se viste y se va; antes de cerrar la puerta me mira y me dice:
-¡Sos un pelotudo! ¡No sos capaz ni de defender lo que sentís! Yo se que te pasan las mismas cosas que a mi, pero ya no quiero creer en este amor que no se compromete- me miro, esperaba que le dijera algo, que actuara, pero yo estaba congelado, deseando que todo esto fuera solo una pesadilla o que simplemente se diera cuenta que así como estábamos era la mejor manera en que podíamos estar y volviera a mis brazos mansa. Pero no fue así, solo respiro profundo, y dijo:
-Nunca más quiero gente así en mi vida.
Y desapareció, dejándome mudo, frío, con el estómago revuelto y con un miedo terrible a no volver a verla y con más miedo por saber que ahora todo  depende de mí. De que yo debo actuar si no quiero que definitivamente la rutina me ahogue, que todo se vuelva gris, que ya no halla motivos para estar bien, no quiero perder la magia que teníamos, pero debo encontrar la manera de darle la magia que ella necesita.
Nunca repetiré este plato si no vuelve a ser mía porque siempre llevara su nombre.

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